Reproducimos a continuación un artículo de Juan Manuel Berges publicado en el programa de fiestas de Bronchales 2001.
JUAN MANUEL BERGES SÁNCHEZ[i]
Alejada de la primera línea de bosque, la Jara, de antiguo denominada Pelpuz, se pierde en las vastas llanuras de los límites de Monterde y Pozondón. Su nombre ya denuncia el sobrio matorral que invade prácticamente el modelado de sus suaves pendientes, donde abundan las costosas piezas que buscan afanosamente los cazadores; ellos son quienes mejor conocen su geografía. Pero, les invito a sumergirse en su apasionante historia.
En una fecha fácil de recordar, corría el año 1306, el rey Jaime II entrega a Ruy Sánchez de Vergayz la casa y heredad de Pelpuz en honor a los servicios prestados en la guerra con Castilla. Una expresión, Pelpuz, que procede de Bell Puig tal y como sucede con el actual cerro El Pú (situado entre Frías y la Vega Tajo) que por entonces se denominaba Puig Vert. Porque evidentemente estos parajes sin explotar todavía mostraban la belleza de su vegetación y la fertilidad de sus tierras de cereal.
Pronto veremos vinculada esta heredad con los Señores de Santa Croche (fortificación que precede a las murallas de Albarracín), pues en 1367 se arbitra un conflicto entre el concejo de Bronchales y Juan Jiménez de Heredia, escudero, por entonces señor de dicha heredad, que desemboca en el deslinde de las tierras colindantes para evitar los conflictos derivados por las roturaciones en la dehesa limítrofe con el Coscojar y por el eterno problema de la recaudación de los diezmos; ¿dónde debían contribuir los renteros de dicha hacienda, en la aldea donde residían, Bronchales, o en la ciudad donde pertenecía la finca? Parece ser que se inclinaron por establecer la finca como sujeto contributivo olvidando el origen de quien la cultivaba. No obstante unos meses después, el 21 de abril, Pedro IV ratifica el espacio vedado en dicha propiedad a su «domicello» Juan Jiménez de Heredia, seguramente por la presión de los vecinos de Bronchales.
Lo importante es que en dicha sentencia intervienen personajes pertenecientes a linajes asentados ya en Bronchales desde los primeros momentos de la repoblación de 1284: Pedro Sánchez Hervás, rector o párroco de Tramacastilla. La familia Hervás fue quizás la más representativa de Bronchales al menos en los dos últimos siglos medievales (es posible que procediesen de Cáceres con ascendencia judía):
1367 -Sancho y Mingo Hervás, hijos de Martín Hervás.
1367 -Romero Hervás, padre de Teresa Hervás y suegro de Juan Sánchez Gordiello.
1422 -Juan Hervás.
1456 -Miguel Hervás.
1456 -Pedro Sancho Hervás.
1459 -Pedro Sánchez Hervás.
1477 -Juan Hervás.
1481 -Juan Sánchez Hervás.
1495 -Pedro Hervás.
1502 -Juan Hervás.
Posteriormente Pelpuz fue adquirida por una de las estirpes más influyentes en tierras de Albarracín: Juan Garcés de Marcilla, alcaide de Albarracín, y su esposa Mari Díaz, heredera de una de las mayores fortunas de Molina de Aragón en manos de su padre Pedro Ruíz de Molina y de su abuelo el Caballero Viejo. En su testamento de 29 de julio de 1500 estableció el mayorazgo de Pelpuz para su hijo Miguel Garcés de Marcilla.
Aquí, en los albores del siglo XVI, comienza una nueva etapa caracterizada por el propósito casi obsesivo de las gentes de Bronchales para recuperar un paraje fundamental para el progreso de sus habitantes, porque La Jara o Pelpuz en manos ajenas se convertía en un obstáculo que frenaba el desarrollo vital de su economía. Con la compra por el Ayuntamiento de la localidad se puso fin a este largo y variopinto proceso.

Con este apretado texto pretendemos homenajear a un apellido que ha caminado a la par de los avatares de Bronchales: ni el tiempo ni el hombre han hecho desaparecer a la saga de los Hervás. Así como dar a conocer un paraje casi olvidado, que no por ello deja de tener sus encantos como la riqueza de su vegetación (tan mediterránea y diferente al prado y al monte de sus vecinos) y su riqueza arquitectónica. Baste recordar aquí aquella estrofa que me recitó Eduardo Barquero (hará casi 20 años) en relación con la ermita de la Abeja (hoy convertida en garaje al pie mismo de la carretera, donde se pueden observar todavía restos de sus pinturas), rememorando la nostalgia cuando se ponían en marcha los hatos trashumantes:
¡Adiós Virgen de La Abeja,
Adiós Carrascal florido,
Adiós Casa de La Jara,
Que aunque me voy no te olvido!
[i] Publicado en el programa de fiestas de Bronchales 2001
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