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Las casas de diezmos de la Sierra de Albarracín

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Las casas de diezmos o cillas eran construcciones destinadas a recibir y conser­var las contribuciones que debían pagarse a la Iglesia y que se realizaban general­mente en especie2.

LAS CASAS DE DIEZMOS DE LA SIERRA DE ALBARRACÍN

Antonio Almagro Gorbea1

Las casas de diezmos o cillas eran construcciones destinadas a recibir y conser­var las contribuciones que debían pagarse a la Iglesia y que se realizaban general­mente en especie2. Eran, por lo tanto, depósitos, fundamentalmente de grano, ya que éste era el producto que podía guardarse y conservarse sin dificultad, al menos durante todo un año. Estos edificios tenían un carácter utilitario y rara vez presen­taban ornamentación, teniendo en la mayoría de los casos la forma de naves más o menos espaciosas con escasos huecos hacia el exterior.

En la Sierra de Albarracín se conservan, que sepamos, tres edificios destinados a este fin que se distribuyen en la comarca para facilitar la recogida de estas contri­buciones de modo que los que debían cumplir con esta obligación no tuvieran que efectuar largos desplazamientos. En concreto, las casas de diezmos que conocemos se encuentran en Albarracín, en Orihuela del Tremedal y en Jabaloyas, por tanto, una en el centro de la comarca y en la que era su capital política y eclesiástica, otra en la zona norte de la Comunidad y la tercera en la zona sur. En estos últimos ca­sos, se ubican en las poblaciones con mayor número de habitantes de la zona, y en el caso de Jabaloyas, cabeza además de una de las cuatro sexmas en que se dividía la Comunidad.

No conocemos ninguna documentación acerca de estas construcciones que nos permita asegurar con absoluta certeza la función que les atribuimos. La identifica­ción de estos edificios como casas de diezmos se basa en aspectos tipológicos, en el nombre con que se conoce uno de ellos, y en su carácter de edificios vinculados a la iglesia. En dos de los casos aún son de propiedad eclesiástica y en el caso del de Jabaloyas, aunque hoy es de propiedad municipal, posee en su fachada, como veremos, el escudo de un obispo, lo que lo identifica de forma indiscutible como edificio de carácter eclesiástico.

La casa de diezmos de Albarracín, conocida como La Colecta, está situada en la Plaza de la Seo dando frente a la puerta meridional de la catedral. Se trata del edificio más sencillo de los tres pues tiene forma de simple nave rectangular, que ori­ginalmente tenía 7 metros de anchura por 10 de longitud y cubierta de tejado a dos aguas. En la fachada principal, que presenta el piñón que forma la cubierta, se abre una puerta de regular tamaño con un ventanuco y sin ninguna decoración. En el resto de las fachadas, originalmente sólo tuvo alguna pequeña ventana en su planta alta abierta hacia el oeste. El sistema constructivo de su fábrica es el típico de la ciudad, con los muros de planta baja de mampostería y la planta alta de ta­bicones de yeso. Su transformación, hace algunos años, en albergue juvenil propi­ció el que se alargara la nave hasta casi duplicarse de longitud y que se abrieran otros huecos y ventanas que han modificado su primitivo aspecto. Interiormente el edificio debía de ser diáfano en sus dos plantas. No es fácil hoy conocer los detalles interiores al haberse modificado notablemente. No tenemos constancia de datos documentales que hablen de esta construcción ni de su uso o datación. Sólo el nombre con el que se ha conocido siempre y la propia estructura original nos per­miten considerar que estaba destinado a la recogida de los diezmos.

Mayor interés tienen los otros dos edificios, que presentan una tipología algo distinta a la de éste de Albarracín y unas características constructivas de superior ca­lidad. Ambas construcciones se asemejan a primera vista a los edificios destinados a casas consistoriales con lonja, presentes en muchos de los pueblos de la Sierra de Albarracín y también de otras comarcas aragonesas. Sin embargo, distintos detalles nos permiten distinguir su uso original.

La casa de diezmos de Jabaloyas es sin duda la construcción de mayor calidad y prestancia de todas. Se trata de un edificio de planta rectangular, de 13.25 m de ancho por 21.00 m de largo, originalmente exento, y construido con mampostería de muy buena factura con sillares labrados en sus esquinas y en todos los huecos de las fachadas. En la principal la mampostería que acompaña a los arcos, puerta y ventanas que están hechos de cantería, está especialmente cuidada y casi presenta el aspecto de ser toda ella labrada.

En su planta baja el edificio tiene dos crujías paralelas y de igual anchura sepa­radas por un muro longitudinal. La crujía frontal posee forma de pórtico o lonja, con dos amplios arcos que dan acceso a un espacio que podía servir para proteger a la gente de las inclemencias del tiempo y albergar algunas actividades comercia­les o lúdicas. El extremo derecho de esta crujía no forma parte de la lonja sino que es un espacio independiente, a modo de vestíbulo, al que se accede desde la calle por un portalón adintelado. Desde este espacio se pasa a la crujía trasera de la plan­ta baja que alberga una gran sala rectangular provista de una ventana en los lados sur y este que debía servir de almacén. Desde el vestíbulo arranca también una es­calera por la que se sube a la planta alta.

Esta planta superior presenta un espacio diáfano con solo dos pilares centrales de fábrica y otro de madera que apoyan en el muro central que separa las crujías de la planta baja. La gran sala, es en realidad una cambra, y está iluminada y ventilada por pequeñas ventanas, tres en la fachada principal y una en cada una de las otras. En este espacio queda de manifiesto la estructura de la cubierta, dispuesta a cuatro aguas y hecha con madera a base de vigas de secciones generosas. La es­tructura es de forma muy simple con grandes vigas a modo de tirantes que unen los pilares, tanto los de fábrica como el de madera, con los muros del perímetro en dirección ortogonal a estos últimos. Sobre la mitad de estos tirantes se disponen unos enanos que quedan arriostrados por dos jabalcones y que soportan correas que discurre por el centro de cada faldón. Los extremos de las correas sostienen también, junto con las vigas cuadrales dispuestas en los ángulos, otras vigas diago­nales que forman las limatesas del tejado. En estas vigas, en las correas, en la viga de cumbrera y en la solera colocada sobre los muros apoyan los pares que sopor­tan la tablazón sobre la que va asentada la teja. El alero está formado por dos hila­das de ladrillo separadas por una de tejas con vuelos sucesivos. El forjado que se­para ambas plantas está formado por robustas vigas de madera entre las que se dis­ponen revoltones de yeso.

Estos espacios diáfanos, tanto de la crujía trasera de la planta baja como de la planta alta ponen de manifiesto el uso al que estaba destinado el edificio, que era el de almacenar los productos, fundamentalmente grano, con que se pagaban los diezmos. También la robustez de la estructura, especialmente la del forjado de la planta, son consecuencia de este mismo propósito.

La única decoración que presenta el edificio es un escudo colocado en la alba­nega entre los dos arcos de la lonja, enmarcado con una moldura semicircular que se prolonga en dos pequeños tramos horizontales. El escudo está labrado en un blo­que casi cuadrado ligeramente rehundido respecto al paramento de la fachada, presentando los sillares que lo rodean un simple bisel. Sobre el campo de armas aparece un capelo episcopal del que apenas se distingue la primera de las borlas, pero sí el cordón formando rizos. Por el deterioro sufrido por la piedra no resulta posible identificar las armas que contenía aunque parece que estuvo acuartelado. En torno al escudo hay una orla oval con una inscripción bordeada por dos finos lis-teles en la que con dificultad aún puede leerse: «D JOSEPH CONSTANT DE ANDI­NO E[P] ALBARRAC[IN]». Sobre el escudo aparece grabado en los sillares «ANO 1788».

Hasta que pude leer esta inscripción gracias a las fotografías tomadas desde el andamio colocado con motivo de la reciente restauración del edificio, este escudo resultaba un enigma que hacía difícil una interpretación completa del edificio. Aun­que el tercer dígito de la data resulta casi ilegible, el descubrimiento del nombre del obispo determinó con precisión a qué década del siglo XVIII correspondía la fecha, ya que este prelado lo fue de Albarracín entre 1781 y 1790, antes de ser nombra­do obispo de Osma3.

Este obispo era originario del norte de la provincia de Burgos, seguramente de la Merindad de Valdivielso, en donde ocupó un puesto de beneficiado con capilla en la iglesia de Almiñé, donde según una referencia localizada en Internet «hay un escudo cuartelado, con la rueda y las cinco lises alternando, y una leyenda que di­ce: “El Ilmo. Sr. D. Josef Constancio de Andino y Fernández, Obispo de Albarracín y beneficiado que fue por hijo patrimonial de esta iglesia parroquial de la Almiñé año de VTR (Víctor) 1781”»4. Esta descripción de sus armas es la única referencia que podemos aducir para reconstruir el escudo hoy prácticamente desaparecido de esta fachada de la casa de diezmos de Jabaloyas.

No sabemos en que momento este edificio dejó de pertenecer a la iglesia y pa­só a propiedad municipal. Hasta hace poco, su antigua lonja tenía sus arcos tapia­dos y albergaba un molino de tracción eléctrica lo que hace suponer que se instalaría ya avanzado el siglo XX. Para ello se abrió una gran ventana en el paño exis­tente entre los arcos de la lonja y la puerta de acceso a los almacenes que ha sido cerrada nuevamente en la reciente restauración. Actualmente la sala de planta ba­ja se usa como salón de actos municipal y la planta alta está previsto destinarla en un futuro próximo a albergar una instalación expositiva.

El edificio de Orihuela del Tremedal que también suponemos fue casa de diez­mos está situado junto a la iglesia parroquial y tiene su fachada principal dando al compás o espacio acotado que precede a la puerta del templo. Es de factura algo más sobria que el de Jabaloyas, pero presenta una apariencia y una organización de espacios muy similar, lo que permite suponer que tuvo el mismo uso. Actualmente sigue perteneciendo a la parroquia que lo utiliza como almacén, aunque tiene va­rias zonas en estado de ruina.

Tiene planta de trapecio, con 15.15 m de fachada principal, 13.60 m la trasera y una anchura de 9.00 m. Dispone de tres plantas, todas ellas diáfanas y sin comu­nicación interior. Como el edificio se adosa al terreno que en esa parte sube con fuerte pendiente, aprovecha el desnivel de la calle que lo rodea para acceder a ca­da planta desde el exterior. Todas las plantas eran diáfanas sin más interrupción que un pilar central que es de mampostería en la planta baja y de madera en las supe­riores. En reformas posteriores se reforzó la estructura con pilares de ladrillo en plan­ta baja y pies derechos de madera en las otras que vienen a recibir las vigas de cen­tro de crujías con que se sustentas los forjados. Estos están formados por vigas de madera y revoltones de yeso, material éste con que también está hechos los suelos. La cubierta es a dos aguas, con una estructura formada por una viga de cumbrera en la que apoyan los pares que se sustentan en su parte inferior en los muros de las fachadas anterior y posterior. Cuenta con alero de madera en la fachada principal y cornisa formada por dos filas de tejas en vuelo sucesivo en la trasera.

Sus muros son de mampostería de piedra irregular y más bien menuda, aunque presenta las esquinas y las jambas y dinteles de huecos de sillería labrada. También son de sillería los dos arcos que dan acceso a la planta baja que adquiere de ese modo función de lonja. La mampostería estuvo enlucida originalmente con un re­voco de mortero de cal sobre el que se marcaron falsas juntas de sillería fingida. Es­ta se conserva relativamente bien en la fachada posterior y muy escasamente en la principal, al estar en parte recubierta por encalados posteriores. Entre las ventanas de la fachada principal se aprecian restos de una inscripción hecha sobre el revoco fresco, imposible de leer porque en parte está perdida y en parte cubierta por en­calados.

La fachada principal presenta además de los arcos de planta baja, dos ventanas en cada una de las plantas superiores. En este caso, los arcos son de menor anchu­ra que los de Jabaloyas, por lo que esta lonja debió de resultar algo más oscura y cerrada que aquélla. Actualmente la lonja está subdividida con un local en la parte trasera al que se accede por una puerta abierta con posterioridad en la fachada la­teral, y un espacio frontal que conserva el carácter de lonja y que da paso a dos pe­queñas habitaciones laterales. En la fachada lateral izquierda hay dos ventanas, una en cada planta, con jambas dintel y alfeizar de cantería, y una puerta moderna de entrada al almacén de la planta baja. Como ya hemos indicado, la calle con fuerte pendiente que bordea el edificio permite acceder a la primera planta directamen­te, a través de una puerta de la fachada posterior con jambas y dintel adovelado de cantería. Como la calle aún sigue subiendo, mediante una rampa adosada a la ta­pia del solar contiguo, que seguramente fue el antiguo cementerio, se puede acce­der a otra puerta abierta en el extremo izquierdo de esta fachada trasera, por la que se entra a la segunda planta. Ésta tiene, además de los dos huecos de la fachada principal y el de la lateral, otra ventana grande sobre la puerta de la planta inferior. Como en el caso de Jabaloyas, el carácter diáfano de las plantas y la robustez de la estructura avalan la hipótesis de que se trata de una casa de diezmos.

Para la datación de este edificio no contamos por ahora con ningún dato con­cluyente, aunque hay indicios suficientes para considerarlo contemporáneo del de Jabaloyas. En primer lugar la misma tipología lo emparenta directamente con aquél. Y como indicaremos después, ambos parecen responder a un mismo programa edi­licio y social. Pero existe otro dato, que podemos considerar arqueológico, que per­mite sustentar esta hipótesis. Ya hemos indicado que la lonja de este edificio se abre al compás o recinto acotado en que también se abra el atrio de la iglesia. Este es­pacio está cerrado por un murete con albardilla de media caña y con dos pilastri­llas rematadas con bolas que flanquean el acceso. Este murete, por el carácter de estos elementos y por su disposición, creemos que es contemporáneo a la iglesia, ya que constituye el “urbanismo” que la acompaña y que se organiza en función de ésta. Resulta que la esquina izquierda de la casa de diezmos se apoya en este murete y la fachada lateral de ese lado puede considerarse prolongación del mis­mo, quedando la sillería de esa esquina interrumpida al llegar a la altura de la al­bardilla por lo que no llega hasta el suelo. Esto permite asegurar que la casa de diez­mos se hizo con posterioridad, o al menos a la vez que el murete de cierre del com­pás. Teniendo en cuenta que la iglesia de San Millán de Orihuela del Tremedal se inició en tiempos del obispo José Molina Lario y Navarro (1765-1776), antecesor en la mitra de José Constancio de Andino, ampliándose notablemente el solar que ocupaba el anterior templo por la parte de sus pies, y que se terminó en 17765, todo lo apuntado hace pensar que sea obra de este prelado o de su inmediato predece­sor Lorenzo Lay y Anzano (1777-1781)6.

Y aunque no hay ningún dato que lo asevere, creo que tampoco es aventurado afirmar que el edificio de Albarracín puede ser contemporáneo y que los tres obe­decen a un programa común. En la segunda mitad del siglo XVIII el movimiento de la Ilustración que preconizaba, entre otras cosas, el desarrollo económico y social promovido desde las instituciones tanto políticas como ciudadanas y también ecle­siásticas, tuvo en los obispos de Albarracín a unos claros impulsores de estas ideas. La construcción en la ciudad del hospital o del colegio de las Escuelas Pías que se sumaron a otras iniciativas de carácter cívico como la Casa de la Enseñanza, son un claro reflejo de estas inquietudes. Es también conocido el interés de alguno de es­tos prelados por promover el desarrollo económico como base de un desarrollo so­cial y cultural manifestado a través de cartas pastorales7. La construcción de estos edificios debe entenderse en este mismo contexto ya que no sólo servían para la simple recogida de las contribuciones de los fieles sino que cabe atribuirles también una función asistencial y económica, pues de esos diezmos salían los fondos o los bienes destinados a la caridad. Además, la existencia de estos depósitos de grano permitía que pudieran servir de elementos reguladores del mercado en momentos de carestía y escasez.

Estos edificios que aún se conservan en la Sierra forman parte de su patrimonio histórico y es deseable que recuperen su utilidad pública. El de Albarracín, sin du­da el más modesto ya la tiene aunque haya sido a costa de transformar su interior, por otro lado de no mucho interés. El de Jabaloyas se puede considerar ya recupe­rado a falta de que vaya recibiendo un contenido adecuado. El de Orihuela del Tremedal es el que hoy presenta un estado más preocupante. Algunos de sus forjados se encuentran hundidos o en proceso acelerado de ruina. Su uso, entre el simple abandono o la utilización marginal, no permite vislumbrar un arreglo inmediato, pero queremos llamar la atención sobre esta situación ya que son edificios de fácil adaptación por su sólida construcción y la diafanidad de sus espacios. Hace falta buscar un contenido que no los degrade y que permita su adecuada conservación.

CITAS

1 Laboratorio de Arqueología y Arquitectura de la Ciudad (LAAC). Escuela de Estudios Árabes, CSIC. Gra­nada.

2 GIL, M. D., TORRES, M., Pósitos, cillas y tercias de Andalucía: Catálogo de antiguas edificaciones para al­macenamiento de granos. Sevilla: Dirección Gral. de Arquitectura y Vivienda, 1991.

3 ALMAGRO BASCH, M. «Las vicisitudes de la diócesis de Albarracín y catálogo de sus obispos», Teruel 55- 56 [1976], p. 11-30.

4 En: <http://valledevaldivielso.blogspot.com/2007/09/iglesia-de-san-nicols-de-el-almi.html>.

5 TOMÁS LAGUÍA, C. «Las iglesias de la diócesis de Albarracín», Teruel 32 [1964], pp. 86-99.

6 ALMAGRO BASCH, M. «Las vicisitudes de la diócesis de Albarracín y catálogo de sus obispos», Teruel 55- 56 [1976], p. 29.

7 HIGUERUELA DEL PINO, L. «Un obispo ilustrado de Albarracín: D. José Molina Lario y Navarro», Teruel 55- 56 [1976], pp. 99-130.

GALERÍA DE IMÁGENES

FUENTE

Artículo publicado en la Revista Rehalda número 16 de 2012 de CECAL

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

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