CECAL

| Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín

Como en un poema inédito

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MARTÍNEZ SAMPER, CARMEN  | Como en un poema inédito, | REHALDA Número 18, Año 2013.

M+ copye senté en una silla de madera de las que recuerdan al estilo thonet. En aquel lugar silencioso, a cielo abierto, me sentía sin límites. Es así como me gusta viajar sin moverme.

El viaje es una línea que tiene su punto de inicio y su punto final como una gramática donde el recorrido define la experiencia espacial que es el trayecto; hay viajes para una vida y la vida se convierte en un largo viaje. Viajar es realizar paradas en el tiempo.

Alcanzar las llegadas y sentirlas como metas supone iniciar nuevos recorridos para llegar más allá. Lejos. Es también disfrutar de la espera previa a la llegada o en los minutos anteriores a la partida. Es esperar ese punto final en una experiencia donde el territorio es un poema inédito.

El viaje es mirar inevitablemente desde las ventanillas que se transforman en las grandes  gafas del vagón que recorre le chemin de fer o del coche que serpentea los garabatos que recorren las montañas; detrás del cristal, inmóviles y pasivos, miramos un paisaje que se desliza imparable al otro lado, más allá de los ojos, alejándonos de la consciencia. Y lo importante es la llegada aunque el trayecto va impregnando nuestra retina de sensaciones. Ya sea la primavera o el otoño el despliegue de imágenes, de recortes de paisajes imparables, parece no tener fin mientras el viaje prosiga. En cada momento hay un nuevo espectáculo de color. Dejar el tren para “coger un autobús”, de horario restringido, es el inicio de otra nueva experiencia. En nuestra sierra, el transporte público es de horario estrecho como las antiguas carreteras que nos llevaban de un pueblo a otro sin apenas espacio que permitiese cruzarse, con holgura, a dos vehículos grandes que se mirasen frente a frente. Todavía recuerdo cuando mi padre se “hacía a un lado” para que la coincidencia fuese menos peligrosa. Según de qué lado te tocase viajar… se veía muy bien la profundidad de los barrancos que acompañaban el trayecto hacia la sierra.

El viaje, en ocasiones, agota los instantes cuando te acercas a su final; al momento en el que el destino está cercano y el nerviosismo se va apoderando de nosotros. Sí, el viaje es un espacio donde se alarga la espera. Siempre hay una espera previa y un tiempo… que se puebla de recuerdos.

Los recuerdos forman parte del viaje y, en ellos, imaginamos a las personas que uno quiere. Volver a casa es importante para mirarnos en los ojos de quien espera y ver de nuevo el ayer.

La distancia, sin embargo, me provoca la impotencia de no poder estar al otro lado. No sé si quiero partir o llegar.

A veces hay que aprender a querer en la distancia y depender del viaje para que se dé el reencuentro como un desenlace a nuestra ficción diaria. Hubo un tiempo en el que me tenía que marchar y la despedida siempre se ahogaba en la no-alegría por partir.

Otras veces, en la estación, uno se siente solo a pesar de la gente y junto a la maleta soñamos los trayectos de unos viajes que nos hacen olvidar nuestro cuerpo en medio de la nada. En medio de un no-lugar. Grandes contenedores de gente, de personas numeradas por un billete de ida.

En el instante de entrar en el vehículo de transporte pasamos de la muchedumbre y del no-lugar (en las grandes ciudades) a la individualidad del pueblo pequeño en el que volver es regresar. Nada parece nuevo y la memoria se reactiva como si le hubiésemos dado a un interruptor que vuelve a poner en marcha los recuerdos. Bajar del autobús con la mochila o la maleta de fin de semana me trae a la memoria un viernes cualquiera de un curso de los años setenta/ochenta. Entonces éramos muchos los que volvíamos de fin de semana a casa. Los asientos del final del autobús estaban “reservados”, tanto en el autobús de estudiantes como en el público; ser adolescente se convertía en un mérito para ocuparlos; hablar todo el tiempo a gritos y olvidar que además de nosotros viajaban otros pasajeros. Aquellos años quedaron muy lejos y aunque nos volvemos a ver, con el pelo cano, los ojos mantienen ese brillo que nos convierte en los mismos de siempre. En el trasfondo todavía queda un poquito de aquellos adolescentes que volvían cada fin de semana pero el viaje trae consigo mucho más… El cruce de caminos… o donde los caminos se cruzan y es ahí donde parece que se entrelazan los destinos en un alejarse o en un reencontrase en un punto de intersección o de dispersión continua; un lugar donde los caminos se terminan y se inician.

Hay numerosos viajes y caminos que vienen a mi memoria como, por ejemplo, El camino en el que Miguel Delibes repasaba lo aprendido antes de marcharse de “el lugar de siempre”. Por otra parte, de aquellas sensaciones detalladas en los Cuadernos de viaje en los que dibujar los sueños, que fueron la ilusión de la vuelta y el reencuentro, surge el viaje preso en el papel; el viaje fue entonces el camino… mirar desde la ventanilla para encontrar al niño que un día “de grande” imaginará a su madre con un cuaderno entre sus manos, ilustrando cada trayecto de sus días de un invierno de  2010. Y ese camino tenía su retina puesta en pequeñas imágenes del cuaderno de artista que fue compartido. Una pequeña libreta que era un relato dentro de una encuadernación de portadas de tela rojiza. Cuando Elena me enseñaba las ilustraciones sus ojos se agrandaban mientras cada trazo cobraba vida en sus palabras. De un trayecto diario surgió una colección de ilustraciones increíble. El final del camino estaba en el niño que un día “de grande”… encontraría en aquellas imágenes un diario de viaje. En cambio mis viajes se tiñen de pensamientos y de construcción de relatos que no me llevan a ninguna parte. Hay conversaciones que no pasan de ser un monólogo interior donde el interlocutor no está frente a mí pero encuentro relajante esta forma de soñar con las palabras, como ahora. Con ellas construyo mis bosques de invierno. La fôret que es el silencio más significativo de las palabras no-pronunciadas. Sentada en las rocas frente a los abrigos del Rodeno escucho el silencio y miro más allá de la nada. Escuchar el silencio sin prisas; un placer indescriptible.

El viaje de Dante, sin embargo, se desparrama por las puertas del infierno porque también hay viajes infernales raídos de miseria y dolor. Viajes tortuosos de físicos que se aglutinan en una caída imparable al mundo de lo oculto. Un viaje a la oscuridad. Un viaje sólo de ida… y se fueron.

Viajes aventureros como los de Julio Verne y un Meliés literato, dispuestos a iniciar un romance con la luna. Unos fantásticos hacedores de sueños que en aquel “entonces” rozaban la realidad. Hojas de un libro como compañero de viaje. Un libro para sumergirnos en un tiempo distinto al que nos rodea. Un viaje a la inmensidad y detrás del túnel…el viaje de Chihiro,  la magia… las imágenes animadas o el cómo al tomar un atajo nuestra aventura comienza. Un libro en movimiento que ya no se escribe sobre celuloide; ahora se digitaliza y los dedos van olvidando los lápices del artista en un cajón del estudio.  Y dibujar es viajar por las historias que narras. Cada página es un tiempo que se libera de la mente y se derrama en el papel, en la pantalla. Un tiempo con mil lugares.

También hay diferentes perspectivas. Los viajes traspasan fronteras desde el aire donde no hay un límite porque las nubes no dibujan fronteras. Si las nubes fuesen fronteras el viento las desdibujaría y nada sería ni tuyo ni mío. Sería nuestro. Desde arriba, bajo las nubes de este cielo azul inmenso, las manchas de los tejados rojizos se clavan en paisajes de pardos y verdes.

Cuando pienso en el viaje pienso en la distancia y en el tiempo. La distancia son las horas de ida y las horas de vuelta. No hay kilómetros en mi forma de percibir este viaje sino una inversión de tiempo y un alejamiento. Un montón de pensamientos en ese largo camino.

Cada paso dado es un paso para avanzar en esta afinidad de tiempo y palabras… muchas palabras… para pensar. Después de cada viaje habrá otros muchos en una parada que adormece su soledad, o con una lanzadera imaginaria que va y viene en un constante movimiento de un viaje donde el inicio puede ser el final y viceversa…

Imposible no pensar en viajes cuando frente a tus ojos se abre la inmensidad azul y, sin embargo, el destino desplaza el horizonte de nuestra mirada para volver a redibujarlo con una línea ondulante de viejas montañas, de piedras rojas y aguas heladas. Es así como el viaje nos lleva y nos trae en el tiempo. Es así como redescubrimos nuestro paisaje a través de “nuevos” ojos, en aquellos a los que les mostramos nuestros rincones favoritos de una tierra indómita. Ese retorno donde el reencuentro con nuestros lugares es compartido con las personas que queremos. Les contamos pequeñas historias y el porqué de nuestras marcas. Hablo de un constante retorno a los orígenes como el final de un viaje que se inicia cada día. Un retorno para buscar la esencia cuando la creo perdida. Un volver cuando me creo un número indefinido y necesito sentirme una persona concreta que pasea por la calle y saluda y habla y pregunta. Una persona a la que cuando pasea por la calle le saludan, le hablan y le preguntan.

La sierra es otra cosa. Una marca de carácter y una forma de entender el paso del tiempo con un humor muy serio (aunque nos estemos partiendo de risa por dentro). Una experiencia única para quienes han crecido allí. Un saco sin fondo donde cada vez puedes descubrir algo nuevo para hacer de este entorno una fuente de recursos. Una fuente y su sonido. Un silencio y las palabras trasparentes que no se dejan oír pero se podrían leer.

La orfandad que nos provoca la aglomeración de edificios, y la necesidad “abierta” de mirar hacia las montañas en busca del horizonte, es incapaz de sanar la abertura que dejan las ausencias y sólo encontramos la cura al regresar a esta tierra donde se conserva el sentimiento de cobijo.

No siempre es fácil regresar y encontrar lo que uno espera. Ya hemos hablado de esperas anteriormente y cada una es distinta porque suceden aquí y allá. Contigo y sin mí.

Volver es como abrir el cuadernillo donde miras con asombro tus primeras letras. Volver es regresar y revivir sensaciones dormidas que se despiertan con el aroma del campo, de los árboles y con el sonido del aire, que vuela entre las ramas despeinando las hojas y dejándolas caer en un suave desvanecimiento.

He viajado entre las palabras para hilar un texto que no nos lleva a ninguna parte. Mi pensamiento es así como se dispersa…

En estos momentos, el esfuerzo por recordar un final de viaje me lleva frente a la casa de mi abuela con su puerta de madera verde. Una casa con la cambra llena de palomas y una cochera, sin coche, donde mi abuelo tenía un montón de arena “de obrar” y allí clavaba sus herramientas de albañil para que no se estropearan con el óxido. Un hombre con un cigarrillo guardado en la oreja; con él caminé y caminé cuando era pequeña. El tiempo no ha borrado su compostura con las manos en los bolsillos de su pantalón de pana y, colocada sobre su cabeza, la boina negra.

El viaje es una línea que tiene un punto de inicio y su punto final como una gramática donde el recorrido define la experiencia que es el trayecto; hay viajes para una vida y la vida se convierte en un largo viaje. Viajar es como realizar paradas en el tiempo. Viajar es recordar para no olvidar. Bon voyage!

(1) 2º Premio del Vº CONCURSO LITERARIO “SIERRA DE ALBARRACÍN”.

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

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