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| Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín

A Juan Manuel (In memoriam)

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A continuación reproducimos un artículo de José Luis Aspas Cutanda y Angelina Fornés titulado «A Juan Manuel» que fue publicado en homenaje a Juan Manuel Berges Sánchez en la revista Rehalda 30.

A JUAN MANUEL

José Luis Aspas Cutanda y Angelina Fornés

Con el viento surgió el universo y se formaron los soles y los planetas, las constelaciones y los cometas, los agujeros negros,… y, en el Sistema Solar, apareció el planeta tierra. Los seres vivos surgieron del agua, salieron a la tierra y tras centenas de miles de años surgieron los homínidos que dieron paso (en relativamente poco tiempo (unos 50000 años) a la especie humana. Todos los hechos relativos a sus medios de subsistencia forman parte de lo que se denomina historia. Una vez llegados a “la madurez intelectual” (debido, en buena parte, a la compensación de la subsistencia económica y a la necesidad de producir alimentos) fueron llevando a cabo obras para resguardarse (aunque en un principio se buscasen la vida en cuevas naturales). Más adelante crearon poblados, corrales y piazos. Los animales estaban a cubierto y las necesidades energéticas diarias estaban más cercanas y eran más fáciles de producir. Tan solo se movían con la llegada de los vientos fríos, buscando espacios cálidos donde alojarse y poder pacer el ganado para no afrontar nuevas hambrunas. Se producían fugazmente guerras tribales para obtener los beneficios que otras tribus obtenían con sus trasiegos. Tomaron forma las primeras aldeas creándose, de esta forma, las primeras sociedades. Hubo invasiones masivas de otros pueblos llegados de más allá de los mares. Algunos de ellos se quedaron bastante tiempo en la península. A lo largo de estos años las religiones dividieron a las sociedades (aunque anteriormente siempre existieron chamanes o religiosos que se basaban en la palabra para vivir dominando a los pobladores con sus poderes “místicos”).

La llamada reconquista contribuyó a que las políticas medievales (al igual que en los tiempos que vivimos) separaran con fronteras las sociedades humanas. Y, por fin, tras la llegada de nuevos alimentos y productos especulativos y lucrativos de los nuevos mundos desconocidos, las necesidades de rellenar las andorgas de los designados a reinar las diversas sociedades conllevó a que la economía clasificara a las familias y las personas siendo las más pobres las que apechugaban más impuestos para contentar a sus reyes y reinas (más o menos como en la época actual). La revolución industrial acabó con las libertades individuales.

Pero ya va siendo hora de que me acerque a la historia y a la realidad de los Montes Universales. Nuestros admirados y queridos montes. Y a la historia de aquellos seres humanos que persistieron en sus aldeas y poblados con una economía de subsistencia. La historia fue igual para todos los territorios, incluidos el nuestro. Durante tiempos reyezuelos musulmanes dominaron el territorio. Antes de ellos los íberos construyeron sus aldeas en los altos de los Montes y la romanización dejó caminos de paso por los que transitaron los soldados. Posteriormente llegaron las guerras (la llamada de la independencia, las carlistas y la incivil producida en el siglo XX) que afectaron a las personas que poblaban sus espacios. Los impuestos (desde los tiempos del Conde de Floridablanca) han ido recayendo en las familias que habitan los pueblos. Cada día más tributos, cada día menos trabajo y cada día más difícil vivir de forma sostenible en los Montes Universales. Eso sí, donde antes los poblados a través de sus concejos se unieron en sexmas para garantizar los intercambios de productos y estructuras, además de defender sus derechos ante la organización central, en las que todos tenían los mismos poderes, ahora disponemos de ayuntamientos con alcaldes y concejales, una estructura política comarcal, una Diputación Provincial, unos Servicios Provinciales subordinados al Gobierno autonómico y entidades dependientes del Gobierno Central (de un modo diferente, la política sigue separándonos). Ya no dependemos de nosotros mismos, todos estos entes dependen de los individuos enraizados en los pueblos de la Sierra (he de indicar que, para mí, los Montes Universales son un ecoterritorio que abarca localidades de Teruel, Cuenca y Guadalajara, radicados en la Serranía Ibérica, siendo el desierto demográfico más acentuado que existe en la península ibérica por lo que no encajan convenientemente en una comarca provincial) Y todos ellos recaudan tributos, tal como hicieron antes y, posiblemente, siempre lo hagan.

Cuando tú y yo nacimos (somos tocayos) vinimos a coexistir con los vientos. Al igual que nuestros antecesores.

Somos, desde que nacemos, vidas prestadas. De principio aparecemos en un lugar determinado y tenemos una determinada vida en el tiempo. Nuestros lugares de nacimiento estaban emplazados en los altos pueblos de la Sierra. Por la época en la que vimos la luz se suponía que fijaríamos nuestras vidas en ese ecoterritorio en el que, a lo largo de los tiempos, otras vidas se fijaron y se situaron para siempre en el mismo. Un ecoterritorio repleto de almas sencillas, con vidas sujetas al mantenimiento del mismo: pequeñas empresas de albañiles, carpinteros, herreros, labradores, ganaderos, esquiladores, secretarios, médicos, alguaciles, luceros, maestros, carteros, ventorreros, panaderos, forestales, comerciantes, carniceros, curas, tenderos, serradores de pinos, peladores, arrastradores, conductores de autobuses y señoritos.

En los pueblos en que había empresas de la industria maderera había jornales, en los otros se practicaban los trueques. Las familias destinaban un tiempo a las gorrineras y a los huertos, y, a su tiempo, en los piazos de patatas que satisfacían sus necesidades en los tiempos veraniegos e invernales. En los valles había frutas y, en las montañas, grandes espacios forestales (albares en el suroeste, rodenos en el este). En estos montes hacíamos leña para calentar las viviendas en otoño, invierno y aplazadas primaveras. Las fiestas tenían que ver con las labores del campo y, en aquellos tiempos, se celebraban unas cuantas al año, aprovechadas por los mayores para dar rienda suelta a sus palabras, encubiertas en su memoria, y a disfrutar de las catas de buen vino. La matanza era una fiesta (Antes de nacer nosotros había familias que cambiaban los jamones por grasa para poder cocinar a lo largo del año). También había gallinas en cada casa que, moviéndose libremente por el espacio exterior, proporcionaban huevos. Lo que hoy se denomina alimento ecológico era los que hacía subsistir a las familias serranas.

Y las estaciones determinaban los laboreos, y el viento siempre estaba presente (manso, en movimiento normal o tempestuoso). Generalmente el viento acariciaba las cumbres de los Montes Universales, unas veces desde el este, otras del nordeste, y, en más casos, llegaba acompañado de nubes, nubarrones, lluvias, nieves y pedriscos.

La caza era fundamental. Con un conejo o una liebre se podían elaborar platos que se ingerían a lo largo de la semana. Se colocaban cepos para obtener gorriones. Se recogían los frutos del campo (collejas, cardillos, tomillo, té de roca y las setas que se conocían). Con ellos se aderezaban los potajes y otros productos culinarios.

Se bebía agua en botijo y vino en bota. Demasiadas veces nos quedábamos sin luz y encendíamos los candiles. Todas las tardes se alimentaban los gorrinos que tenían su hogar en las parideras pegadas a la construcción familiar. En ocasiones se peleaba contra ellos para poder conseguir patatos en caso de no haber llegado a tiempo a la cocina para ingerirlos como merienda. Las construcciones familiares estaban diseñadas para albergar a toda la familia: abuelos, padres, hijos y nietos. Y en la cocina, que servía de comedor con los alimentos recogidos en la dispensa, a la que se tenía acceso directamente, todas las familias usaban las cocinillas, posiblemente el mejor invento del siglo XX.

Pero debo continuar con la historia de nuestras vidas y las vidas de los vientos.

Recuerdo, particularmente, el aroma de la harina recién cernida. Acompañaba a las mujeres al horno local y, de vez en cuando, me dejaban hacer algún panete o alguna torta.

A nosotros nos llegaron las ayudas del Plan Marshall en forma de leche evaporada que se distribuía en la escuela. Recuerdo que para calentar la estancia escolar todos nosotros debíamos colaborar llevando un trozo de leña para que la estufa no dejase de funcionar.

A los nueve años algunos jóvenes se quedaron y otros debimos jopar para estudiar en Teruel.

La vida de los que se quedaron quedó ligada al trabajo de sus padres: el pastoreo y la agricultura, principalmente. Los que nos fuimos sabíamos que dejábamos el espacio en el que habíamos vivido para poder ayudar, en el momento adecuado, a los familiares que dejamos.

Volvíamos en las vacaciones y trabajábamos para poder ayudar a nuestros padres en nuestros estudios. En cada pueblo había un forestal que organizaba cuadrillas. Se arreglaban caminos, se limpiaban los montes. De este modo tuvimos dineros para afrontar las fiestas del verano y los bares, tabernas y ventorros de los pueblos tenían ingresos, y los jóvenes pasaban el verano en los pueblos.

Más adelante desapareció el ICONA y los mercaderes crearon empresas a las que no teníamos acceso (lo que hoy se denomina privatización). Hacíamos lo que podíamos, trabajamos en el monte pelando pinos, como peones de construcción, algunas peonadas de los ayuntamientos y lo que fuere menester. Los vientos no eran propicios y algo estaba cambiando las vidas de los pueblos.

Más tarde, terminados los estudios, nos reclutaron para hacer el servicio militar (más conocido como la mili). Algunos llegaron lejos y vieron otros mundos y otras formas de vida. Conocieron la vida de los obreros y se quedaron en esos lugares. Compraron viviendas y, cuando llegaban las vacaciones, se paseaban alardeando de sus trabajos y viviendas con los lugareños. No fue la primera ocasión en que los pueblos comenzaron a vaciarse, ni la última. La televisión mostraba lo que todavía muestra hoy: que en la península y, sobre todo en España, se vive muy bien. Comenzaron a engañarnos, las políticas dividieron a la gente en los pueblos, los partidos se morían de ganas de tener afiliados y ganar votantes. En los pueblos ya no se discutía tanto de fútbol como de política y, lo que se había unido con humildad, empezó a resquebrajarse. La política se convirtió en el viento de la discordia. Y ahora se ha perdido el sentido de la convivencia entre los pueblos. Se cierran escuelas, empresas, comercios y hasta los teleclubs los lleva gente venida de fuera (algunos de ellos con la idea de pervivir al lado de la plena naturaleza, algunos otros porque no tienen otros menesteres económicos y, los más, a cambio de vivienda y trabajo si tienen hijos en edad escolar). Todos ellos suelen permanecer un tiempo ínfimo porque, al fin y al cabo, añoran las ciudades y sus servicios. El viento trae y se lleva consigo a unos y a otros en busca de oportunidades que se traducen en grandes esfuerzos y pocos ingresos.

Pero de estos temas ya hemos hablado largo y tendido alrededor de unos vasos de vino. Sabíamos que había pocos espacios para el cambio social y político de nuestros pueblos. Aún así intentábamos resistirnos a su desaparición. En la Comarca de Albarracín tres de cada diez personas son mayores de sesenta y cinco años y la media de edad se sitúa en torno a los cincuenta años. En el último siglo se perdieron diez mil habitantes. En la Serranía Celtibérica (que contempla los pueblos de Cuenca y Guadalajara, la densidad de población es de 2,83 habitantes por kilómetro cuadrado (Pura Sierra). En la Sierra de Albarracín de densidad de población es de 3,56 habitantes por kilómetro cuadrado.

Hasta hace dos décadas se habían elaborado revistas y noticieros de modo esporádico en los pueblos de la Serranía. El surgimiento del Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín dio un gran empujón para conocer la historia, geografía, etnografía y otros saberes sobre los Montes Universales. En el último movimiento se trabaja en el Patrimonio Inmaterial. Y ahí estabas tú, Juan Manuel, para ayudar, prestando ideas y elaborando materiales. No dejaste de hacerlo hasta el último minuto de tu vida mortal. Se afirma que todos los seres vivos nacen, crecen, se reproducen (en su caso) y mueren. Y los seres vivos llegan al mundo cargados de energía. La Ley de la Conservación de la Energía (Lavoisier) atestigua que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma. Toda acción tiene una fuerza dinámica que se expresa e influye en las existencias del ser. Y tú te jopaste y te convertiste en alma. Y ahí está la grandeza del viento. El viento no es otra casa que la suma de las almas de los seres humanos que nos dejaron y vivieron en el eco-territorio de los Montes Universales.

No nos has abandonado ni nunca lo harás. Habitarás en los vientos con todas las almas de nuestros antepasados, Seguirás recorriendo los espacios que nos diste a conocer y verás más fácilmente aquellos corrales que buscabas en vida, los senderos, las cañadas y los corrales. Y hablarás con nuestros antepasados sobre las vidas que llevaron. Estarás en cada uno de ellos, estarás en cada uno de nosotros mientras los vientos nos acarician o nos empujan, mientras los días den paso a las noches, mientras pasen las estaciones, mientras el tiempo exista. Tu karma será libre y tendrás tiempo para conocer todavía más la vida de los Montes Universales. Sabemos que, en un tiempo determinado, nos encontremos a tu lado, cerca de ti, cuando nos llegue el momento. Gracias por todo. Y recuerdos de Andrés y Gabino.

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

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