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| Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín

El entorno mítico del salto del Molino de San Pedro

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Reproducimos a continuación este artículo de Juan Manuel Berges publicado en la revista Mayumea 2 publicada el 1 de Diciembre de 1985.

JUAN M. BERGES SÁNCHEZ | Mayumea Nº 2 de 01-12-1985

1. PRÓLOGO

Iniciamos una nueva sección, cuya andadura pretende difundir aquellos parajes de la Sierra de Albarracín desconocidos para una gran parte del público que por su especial interés paisajístico recreativo o histórico-artístico merecen ocupar un lugar preferente entre nuestras páginas. Su objetivo no es ambicioso: no se van a desarrollar grandes monografías. más bien su carácter breve será la nota predominante.

Cuando generalmente se piensa que nuestra comarca se compone principalmente de atractivos forestales, o bien se tiene la impresión de que todo acaba una vez saboreado el encanto medieval de Albarracín, capital artística indiscutible de la Sierra, se está cayendo en un error irreparable, en buena parte debido a la ausencia de una planificación conjunta.

Resulta curioso hablar de turismo cuando a cualquier visitante –no exigente– ni siquiera se le puede ofrecer una breve pero densa guía turística. Resulta curioso hablar de turismo cuando parece que la civilización llega únicamente a Albarracín -el cómodo asfalto así lo demuestra-. A veces se llega a pensar que el aislamiento, el individual carácter que -dicen- moldea nuestra idiosincrasia no es originario de las agrestes montañas que nos envuelven, quizás quienes están al otro lado del telón nos han sometido al olvido y ante vanas palabras escuchadas durante siglos es mejor dejar de hacerse ilusiones. Por ello, ante esta introducción reivindicativa, les aconsejo que busquen un buen mapa auxiliar y salgan de casa a vivir la aventura por pistas y caminos de herradura o tal vez los restos de una masía cargada de siglos, que todo es historia la grande y la chica Y si no les sugestionan los testigos pétreos del pasado, que la paz serrana v la fragancia de la naturaleza les acompañe.

En el presente número hemos elegido como punto de partida al Molino de San Pedro y alrededores, muy visitado por turolenses durante los meses del estío, entorno que hay que defender a ultranza ante el deterioro del medio ambiente que se observa: ni siquiera unas parrillas pueden concentrar los fogones. Desde aquí nos erigimos en tribuna acerca de las medidas de protección que deben aplicarse. Mayumea pretende que el habitante de la Sierra tome conciencia ante este hecho.

2.  LOCALIZACIÓN

Los accesos diferenciados, según el punto de procedencia, pueden acercar al viajero al núcleo de referencia. Bien utilizando la dirección Entrambasaguas–Royuela–Terriente–Toril–Masegoso para adentrarnos posteriormente el barranco de la laguna, trazado estrecho y peligroso que conviene recorrer con precaución hasta llegar a un desvío a la izquierda, a 50 mts., una vez rebasado el puente sobre el río Cabriel, o bien siguiendo la trayectoria Frías–El Vallecillo, a través de una pista forestal en buen estado.

3.  VAL DE SAN PEDRO

Masia Torre Cavero | El Vallecillo

Una vez situados en el punto de convergencia, a nuestra derecha, y abrazada su falda por el tortuoso carril que culmina en el Valle de San Pedro, se encuentra enjuta y majestuosa Torre Cavero, topónimo que denuncia el origen de sus antiguos moradores, la familia Cavero y Maenca, masía en estado de semi–abandono por el blasón que preside su fachada principal. En la cresta del montículo le precede un pequeño reducto utilizado como redil. Lamentablemente, este  hecho se  produce de  forma reiterativa en la Sierra de Albarracín antiguas ermitas destinadas al culto familiar, consecuencia del renacimiento económico de los siglos XV-XVI se han transformado y adecuado a las necesidades agropecuarias de su propietario o arrendador. Este es el caso que nos ocupa. Dicho recinto nos ofrece los restos de la ermita de San Pedro del «Despeñadero». citada ya en documentos del siglo XIV. Aunque remodelada posteriormente,  aún  pueden observarse las pinturas de sus muros interiores, así como la sólida techumbre de madera típica de los siglos XVI-XVII recurso arquitectónico que se repite en la ermita del Torrejón de Orihuela del Tremedal.

En un artículo sucesivo haremos una llamada de alerta ante un buen número de ermitas abandonadas –de propiedad privada no dependientes de la iglesia– que en breve plazo perderemos para siempre si no se toman medidas inmediatas.

Ejemplos de una religiosidad arraigada en las familias hidalgas de la Sierra, tal vez sean el mejor exponente de un hipotético culto popular diseminado en pequeñas comunidades abocadas a la explotación agropecuaria, estado originario que predominaba en la Sierra: pequeños grupos humanos arropados en reducidos valles atravesados por distintos cursos fluviales.

Rebasado este promontorio, nos situamos ante una pequeña explanada verdosa y un grupo de chopos que acompañan al delicado curso del río Cabriel. Sus aguas pueden atravesarse incluso con los pies descalzos, su trasparencia, aunque evoca una sensación de paz, invita a reflexionar ante la amenaza de acampadas masivas instaladas en los alrededores cada año, que provocarán a corto plazo el deterioro de un paraje incomparable en el marco de la Serranía.

Nuestra andanza tropezará con el ruidoso estallido de la cascada del Molino de San Pedro, el medieval «despeñadero». Circunvalado por el canal del molino podremos acceder a la «fábrica» del molino octogenario. en cuyo interior se ofrecen al curioso las enormes ruedas de moler que le daban vida, así como la sensación de soledad que desprenden sus muros y útiles desparramados.

Nos encontramos en una heredad propiedad en la Baja Edad Media de los monjes del Monasterio de Piedra, cenobio que estrechó lazos íntimos con los Señores de Albarracín e impulsores del culto a San Pedro.

El río discurre hacia tierras de Cuenca: entre redondeados meandros, antes de despedirse, baña el valle de San Pedro entre Valdevidillo, Mas de San Pedro y El Membrillo, núcleo neurálgico de la marcha trashumante –el mismo río Cabriel alude a la cabra– y notable intersección del trasiego de mercaderías entre Castilla y Aragón en los siglos XV-XVI.

4. EL COLLADO DE LA GRULLA

De vuelta a nuestro punto de partida, el puente sobre el río Cabriel, podemos realizar varias excursiones Una siguiendo et curso opuesto del río hasta llegar al molino de las Herrerías -destruido-. El contacto con esta inhóspita jungla arbórea nos abrirá las puertas de un mundo desconocido.

Otra por el desvío antes de rebasar el puente que nos conducirá al collado de La Grulla a través de la masía de Tablas, alusión al escudero Marcos Tobías, su propietario en 1326 y de Pradas, «tierra de pleito». La Sierra se mantiene fiel al pasado.

Aldea limítrofe con Castilla, el collado La Grulla, granja de paso como el ave y el hombre que la habitan, tal vez sea una prolongación del asentamiento de la tribu berebere Awsaya. Sus típicos hornos de pan cocer ubicados en la cabecera de sus pétreas construcciones no ha mucho que se veían en otros rincones de la Sierra. Y apostado en el horizonte con orgullo bizarro, se levanta la sólida silueta del castillo de Torrefuerte, porque armónicos y robustos son sus muros desafiantes al devenir de los siglos.

Hemos rebasado la raya castellana, pero no importa. En lo alto los restos de la ermita de San Juan muestran el pulso de sus energías frente a las antaño invasiones castellanas. El paisaje grisáceo se dulcifica hacia tierras valencianas y manchegas. Para nosotros, el retomo acentúa el contraste en nuestras pupilas, como el ágil pincel plasma el árido polvo que envuelve el secano frente al vivo calor que desprenden las riberas. La Sierra es un lienzo donde domina el contrasentido: esa es su verdadera belleza.

Collado de La Grulla

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Fuente de las fotos: Castillo (Reintegra), Torre Cavero y Molino de San Pedro (López Segura)

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

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