En Jabaloyas, Teruel, se encuentran arrecifes fósiles del Jurásico superior, testigos de un antiguo mar que existió hace 150 millones de años. Estas formaciones geológicas, resultado de organismos marinos como corales y algas, ofrecen valiosa información sobre el pasado ambiental y geológico, convirtiéndose en un importante recurso educativo y turístico.

1. Un paisaje de montaña con pasado marino
En el corazón de la Sierra de Albarracín, en la provincia de Teruel, el pequeño municipio de Jabaloyas atesora uno de los testimonios geológicos más sorprendentes de Aragón: los arrecifes fósiles de coral del Jurásico superior. Hoy, este rincón del interior peninsular se caracteriza por sus montañas, sus formaciones calizas y su clima continental. Sin embargo, hace aproximadamente 150 millones de años, el paisaje era radicalmente distinto: una extensa zona marina cubría buena parte de lo que actualmente conocemos como la provincia de Teruel.
En aquel mundo remoto, sobre un fondo marino relativamente poco profundo, prosperaban comunidades de organismos capaces de construir estructuras arrecifales. Con el paso del tiempo, sus restos y los sedimentos que los rodeaban quedaron enterrados, se compactaron y se transformaron en roca. Millones de años de movimientos geológicos y erosión hicieron el resto, dejando al descubierto unas formaciones que permiten reconstruir un capítulo fascinante de la historia de la Tierra.
Los arrecifes de Jabaloyas no son, por tanto, simples rocas con formas curiosas. Son auténticos archivos naturales que conservan información sobre los antiguos mares, los organismos que los habitaban y las condiciones ambientales en las que se desarrollaron.
2. El Jurásico: cuando Teruel estaba bajo el mar
El Jurásico fue un periodo de la era Mesozoica que se extendió aproximadamente entre hace 201 y 145 millones de años. Durante esta etapa, la configuración de los continentes y la distribución de los mares eran muy diferentes de las actuales. En distintas regiones de la península ibérica existieron plataformas marinas donde se acumulaban sedimentos carbonatados.
En el entorno de Jabaloyas, las formaciones arrecifales estudiadas corresponden al Jurásico superior, concretamente al Kimmeridgiense, una etapa situada aproximadamente entre hace 157 y 152 millones de años. La documentación divulgativa local suele situar estos arrecifes en torno a los 150-155 millones de años, una edad que ayuda a comprender la enorme profundidad temporal de este patrimonio.
Imaginemos por un momento aquel paisaje: aguas cálidas y relativamente tranquilas, un fondo marino cubierto de partículas de carbonato cálcico y una comunidad de organismos que crecía lentamente. No había montañas como las que contemplamos hoy ni existía el pueblo de Jabaloyas. En su lugar, se extendía un ecosistema marino en el que la vida contribuía activamente a construir el relieve submarino.
Los arrecifes se desarrollaban allí donde las condiciones ecológicas eran favorables. La disponibilidad de luz, la profundidad, la circulación del agua y la cantidad de sedimentos influían en su crecimiento. Cuando estas condiciones cambiaban, también lo hacía la composición y la forma de las estructuras arrecifales.
3. Los arquitectos del arrecife: corales, algas y organismos desaparecidos
Uno de los aspectos más interesantes de los arrecifes de Jabaloyas es que su construcción no dependió exclusivamente de los corales. En su formación participaron distintos grupos de organismos, entre ellos corales, algas y esponjas, además de otros seres hoy extinguidos, como los estromatopóridos y los chaetétidos. La combinación de estos organismos permitió levantar estructuras carbonatadas de dimensiones considerables.
Los corales contribuían a construir el armazón del arrecife mediante sus esqueletos calcáreos. Las algas y otros organismos favorecían la acumulación y consolidación de los carbonatos, mientras que diferentes comunidades microbianas podían formar costras que ayudaban a estabilizar la estructura.
Los estromatopóridos, organismos marinos con esqueletos calcáreos y un papel importante en determinados arrecifes antiguos, también participaron en estas construcciones. Los chaetétidos, por su parte, eran organismos coloniales que formaban estructuras calcáreas y que tradicionalmente se han relacionado con las esponjas.
El resultado fue una compleja construcción biológica, levantada poco a poco sobre el fondo del mar. No se trataba de una estructura inmóvil desde el principio, sino de un sistema que crecía, se modificaba y respondía a las condiciones ambientales.
Esta diversidad convierte los afloramientos de Jabaloyas en un lugar de especial interés para los paleontólogos. El estudio de sus fósiles permite conocer no solo qué organismos existieron, sino también cómo interactuaban y de qué manera contribuían a construir los ecosistemas marinos del pasado.
4. Pináculos de piedra: la huella de un arrecife fósil
La característica más llamativa de estos arrecifes es su morfología. En los barrancos próximos a Jabaloyas, especialmente en el entorno de La Canaleja y El Cerretillo, aparecen estructuras rocosas aisladas, con aspecto de pilares o pináculos que pueden alcanzar alrededor de 13 metros de altura.
Estas formas no son construcciones humanas ni caprichos inexplicables de la naturaleza. Son el resultado de la evolución de antiguos edificios arrecifales y de los procesos geológicos posteriores que los han dejado expuestos.
Alrededor de las estructuras principales se encuentran otros materiales calizos formados por fragmentos de organismos, granos carbonatados y sedimentos depositados entre los arrecifes. Los geólogos denominan a estas zonas facies interarrecifales. Su comparación con los propios arrecifes permite reconstruir cómo era el fondo marino y cómo se distribuían las distintas comunidades de organismos.
Además, la erosión ha desempeñado un papel fundamental. El agua, los cambios de temperatura y otros agentes naturales han ido desgastando los materiales de manera desigual. Gracias a ello, las antiguas construcciones submarinas pueden observarse hoy sobre la superficie terrestre.
Uno de los grandes valores científicos del lugar reside precisamente en la calidad de sus afloramientos. La conservación y exposición de estas estructuras permiten estudiar sus fases de crecimiento y las relaciones entre los diferentes tipos de roca que las rodean.
5. Qué nos cuentan estos arrecifes sobre el pasado
Los arrecifes fósiles son mucho más que una colección de restos antiguos. Su estudio permite responder a preguntas fundamentales sobre la evolución de los mares y del clima.
Por ejemplo, las diferencias entre las estructuras arrecifales y los sedimentos circundantes aportan información sobre la profundidad del agua, las condiciones del fondo y los cambios en el nivel del mar. También ayudan a interpretar cómo respondían los organismos a las variaciones ambientales.
Los arrecifes son especialmente sensibles a los cambios en las condiciones de sedimentación. Un aumento excesivo de partículas en suspensión, una modificación de la profundidad o cambios en la disponibilidad de nutrientes pueden alterar su crecimiento. Por eso, las rocas conservadas en Jabaloyas constituyen un registro valioso de la relación entre los seres vivos y su entorno.
Asimismo, el estudio de estos materiales contribuye a comprender la evolución geológica de la Cordillera Ibérica. Las calizas que hoy forman parte del paisaje turolense se originaron en ambientes muy diferentes de los actuales y, posteriormente, quedaron integradas en la historia geológica que dio lugar al relieve de la región.
Cada estrato, cada fósil y cada cambio en la composición de la roca ofrece una pista. Interpretadas en conjunto, estas evidencias permiten reconstruir paisajes desaparecidos que nunca podrían conocerse únicamente a través de los documentos históricos.
6. Un patrimonio geológico que merece protección
La importancia de los arrecifes de Jabaloyas ha trascendido el ámbito local. El Instituto Geológico y Minero de España los incluye en el Inventario Español de Lugares de Interés Geológico bajo la denominación de Pináculos arrecifales del Jurásico superior de Jabaloyas, con el código ARP127. Su interés es principalmente paleontológico, debido a la calidad de sus afloramientos y a la posibilidad de estudiar las antiguas construcciones arrecifales.
Este reconocimiento pone de manifiesto la necesidad de conservar un patrimonio que, aunque está formado por roca, resulta especialmente valioso por la información científica que contiene. La extracción de fósiles, el deterioro de los afloramientos o la alteración del entorno pueden ocasionar pérdidas irreversibles. Un fósil recogido sin documentación sobre su procedencia, por ejemplo, puede perder buena parte de su utilidad para la investigación.
Por ello, visitar estos lugares con respeto, evitar la recolección de ejemplares y seguir los itinerarios habilitados son medidas esenciales para garantizar su conservación. El patrimonio geológico no es un recurso renovable a escala humana: una estructura destruida no puede reconstruirse en el tiempo de una generación.
7. Jabaloyas: una oportunidad para descubrir la historia de la Tierra
Los arrecifes también ofrecen una oportunidad para impulsar la divulgación científica y el turismo de naturaleza. El Ayuntamiento de Jabaloyas recoge en su información turística un recorrido geológico de aproximadamente 2,2 kilómetros que permite conocer estos vestigios marinos cerca del casco urbano. El itinerario acerca al visitante a un paisaje cuya historia se remonta a más de 150 millones de años.
La experiencia permite comprender que la geología no es una ciencia reservada a los especialistas. Basta con observar las formas de las rocas, reconocer sus estratos e imaginar los procesos que las originaron para empezar a interpretar el paisaje.
Además, este patrimonio complementa los atractivos culturales y naturales de la Sierra de Albarracín. Jabaloyas demuestra que un municipio pequeño puede albergar un legado de relevancia científica y convertirse en un lugar privilegiado para acercar la historia geológica al público.
La divulgación y la conservación pueden ir de la mano: cuanto mejor se comprende el valor de un yacimiento, más fácil resulta reconocer la importancia de protegerlo.
Conclusión: un océano convertido en piedra
Los arrecifes jurásicos de Jabaloyas son una ventana excepcional a un mundo desaparecido. Allí donde hoy encontramos montañas y barrancos, hace unos 150 millones de años prosperaban comunidades de organismos marinos que construyeron arrecifes en aguas cálidas y poco profundas.
Los corales, las algas, las esponjas y otros organismos contribuyeron a formar estructuras que, tras millones de años de sedimentación, transformación geológica y erosión, han llegado hasta nuestros días en forma de impresionantes pináculos calizos.
Su importancia reside tanto en su espectacularidad como en la información que proporcionan sobre la vida antigua, los ambientes marinos y la evolución geológica de Teruel. Constituyen, además, un recurso educativo y turístico que puede contribuir al conocimiento y la valoración de la Sierra de Albarracín.
Contemplar estos arrecifes es, en definitiva, mirar hacia un pasado remoto en el que el mar ocupaba un territorio que hoy asociamos con la montaña. Jabaloyas conserva en sus rocas la memoria de aquel océano, y protegerla significa preservar una parte irreemplazable de la historia natural de Aragón.
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Fuentes de información
- Instituto Geológico y Minero de España (IGME). [Inventario Español de Lugares de Interés Geológico: pináculos arrecifales del Jurásico superior de Jabaloyas
- Ayuntamiento de Jabaloyas. [Información turística y arrecifes de coral ]
- Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis. [Geolodía 08: Arrecifes del Jurásico en Jabaloyas]
- Sociedad Geológica de España. [Guía de campo: Arrecifes del Jurásico en Jabaloyas (PDF)]
- Aragón también tiene ‘arrecifes de coral’: se esconden en un pueblo pequeño de Teruel, LAURA ARNEDO, Heraldo de Aragón, 27 jun 2025
- Artículo elaborado con ayuda de ChatGPT de Open AI y Gemini de Google.
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