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| Centro de Estudios de la Comunidad de Albarracín

La Comunidad de Albarracín en la Guerra de la Independencia

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CASTÁN ESTEBAN, JOSÉ LUIS , “La Comunidad de Albarracín en la Guerra de la Independencia”REHALDA # 10 monográfico Guerra de la Independencia, CECAL 2010.

A comienzos del siglo XIX la Comunidad de Albarracín, separada jurisdiccional­mente de la ciudad desde 1689, había perdido gran parte de su poder político al estar presidida por el corregidor del partido, que también era la cabeza del ayuntamiento de Albarracín.

Sus ingresos estaban constituidos por las siguientes parti­das: el arrendamiento de diversas dehesas a particulares; los beneficios de la herre­ría situada en Torres; el impuesto del montazgo sobre los ganados foráneos que en­traban a los pastos de la Comunidad; la mitad de los productos de las Sierras Uni­versales, que compartían con la ciudad; diversos treudos y censales anuales que te­nían como beneficiario a la Comunidad; y fundamentalmente las contribuciones de los pueblos, que según la distribución por el número de vecinos, eran la principal fuente de ingresos de la Comunidad y que bajo la supervisión del corregidor pasa­ban a contribuir al erario real. Sin embargo más de la mitad de las entradas esta­ban comprometidas por el pago de los intereses de préstamos cargados desde ha­cía más de cien años.1

La situación económica de la Comunidad va a llegar al colapso financiero con la Guerra de la Independencia. Su progresivo endeudamiento va a pesar, y mucho, en la evolución política de las sierras, que en este periodo ha sido relatada por el ca­nónigo y cronista de Albarracín, Tomás Collado, a finales del siglo XIX, y posterior­mente por historiadores como Jaime Caruana o Domingo Gascón.2 Nuestro análisis va a seguir de la mano de estos autores en la descripción de los acontecimientos bélicos y sus secuelas en la población, intentando aportar nuevos datos para refle­jar los cambios en la estructura del gobierno producidos por la guerra.

LA JUNTA DE GOBIERNO DE ALBARRACÍN Y SU PARTIDO

El 9 de mayo de 1808, una semana después del alzamiento popular de Madrid en contra de los franceses, llegó al corregidor de Albarracín una relación oficial de los acontecimientos, informando que “un corto número de personas inobedientes a las leyes ha causado ayer un alboroto en esta Corte, cuyas resultas podían haber sido funestísimas para todo el honrado y distinguido vecindario de esta villa”, y se insistía en mantener “buena armonía con las tropas francesas”. Al conocerse la ver­dad de los hechos, al igual que en otras ciudades de España, Albarracín se alzó en armas contra el invasor y se procedió a constituir una junta de Gobierno para or­ganizar la defensa. Su composición inicial evidencia el protagonismo de la ciudad. Según Domingo Gascón, el 5 de junio de 1808 estaba presidida por el corregidor, Manuel Clemente, y como vocales actuaban los regidores de la ciudad, dos miem­bros del cabildo, un representante de los conventuales, uno de los clérigos parro­quiales y un miembro del ejército.3

Sus primeras órdenes estuvieron encaminadas al reclutamiento y envío de tro­pas a Zaragoza, respondiendo a los llamamientos que hacía el brigadier Palafox, una vez elegido por aclamación popular capitán general y gobernador militar de Aragón. En el ayuntamiento de Albarracín, y con horario de once a doce de la ma­ñana y de seis a siete de la tarde se abrió una oficina para el alistamiento de voluntarios, que fue ampliamente secundado por la población.

Asimismo, el 1 de junio se nombró a don Juan Navarro, caballero y regidor de Albarracín, y a don Bernardo de Ilzauspeda, caballero y vecino de Gea, represen­tantes del Partido de Albarracín para las Cortes que había decidido convocar Pala­fox en Zaragoza. Para garantizar el orden y la propiedad, el día 4 de junio se acor­dó que se eligieran siete alcaldes de barrio para realizar rondas nocturnas por la ciudad.

Entre las medidas para recaudar dinero y provisiones, la Junta de Gobierno hizo un llamamiento a todos los pueblos para que colaboraran, tanto con aportaciones en metálico, como en especie. Una de sus decisiones más polémicas fue la petición de las cuentas a los patronos del santuario de Nuestra Señora del Tremedal. Ante la negativa de éstos, se determinó incautar todos sus ganados, paños, vales y présta­mos para los gastos de guerra.

Finalmente se crearon dos compañías de 100 hombres cada una, con el nombre de Tercio de Voluntarios de la ciudad de Albarracín, que mandadas por don Juan José Navarro, acudieron a Zaragoza para su defensa en el primero de los sitios.

Antes de que las tropas estuvieran preparadas, llegó la noticia a Albarracín que el mariscal Moncey había tomado Cuenca y que se dirigía con sus tropas hacia la Sierra de Albarracín. Ante la conmoción por la noticia, tanto los nuevos reclutas co­mo la mayor parte de los mozos de los pueblos, armados precipitadamente con es­copetas de caza, espadas y cuchillos, y sin ninguna organización, se distribuyeron por los pueblos que lindaban con la Serranía de Cuenca, esperando un ataque que finalmente no llegó. Gascón dice:

“Ebrios de patriótico entusiasmo, salieron de Albarracín aquellos denodados turolenses, llevando a la cabeza a algunos de los miembros de la Junta, entre los cuales figuraba el capitán Escariche, a quien, por su calidad de militar, no debía ocultársele cuán aventurada era tamaña calaverada patriótica. Por fortu­na, los franceses no se movieron de Cuenca en aquellos días”.

El 14 de junio el mariscal Lefebre se presentó ante Zaragoza y comenzó el pri­mero de los sitios. Algunas crónicas afirman, posiblemente exagerando el dato, que de 150 hombres que se enviaron solamente volvieron tres. Más fiable es la relación de vecinos de Albarracín que Jaime Caruana recoge en su Historia de la Sierra de Al­barracín en la Guerra de la Independencia. Son los siguientes:

“Don Pío Ambrós, teniente coronel a quien por sus méritos nombró Palafox pri­mer ayudante en Zaragoza y estuvo en ambos sitios.

Don Rafael Arcas. Teniente en uno de los batallones de voluntarios de Aragón, estuvo en los dos sitios; distinguido en la batalla de Las Eras en Zaragoza, ascendió por meritos de guerra a teniente coronel y murió en 1810, el 13 de mayo, en la de­fensa de Lérida. Era natural de Albarracín.

Don José Alonso. También de Albarracín y también estuvo en ambos sitios. Te­niente coronel.

Don Domingo Asensio. Estuvo igualmente en ambos sitios.

Don Juan Ariño. Sargento primero que tomo parte en la batalla de Las Eras.

Don Mariano Lozano. De Albarracín, estuvo en ambos sitios y se distinguió en la 1ª batalla de Las Eras, llegando a capitán.

Don Miguel Navarro y Cortés. De Albarracín, estuvo en ambos sitios; era her­mano del corregidor de Albarracín, y fue ayudante en Zaragoza.

Don Joaquín Oquendo. Murió en el primer sitio.

Don Joaquín Tobía. Capitán de servicio en el reducto del Pilar.

Don Vicente de la Cerda. Natural de Albarracín, de edad avanzada, que murió en octubre de 1808 a consecuencia de las privaciones del primer sitio.

Don Pedro Valero. Natural de Pozondón, gobernador del Arzobispado de Zara­goza en sede vacante, que estuvo y permaneció en Zaragoza durante los dos si­tios.”4

Finalmente, y tras la victoria de las armas españolas en Bailén, el rey francés Jo­sé I huyó a Francia y se levantó el primer sitio de Zaragoza. La Junta de Gobierno de Albarracín estuvo siempre informada de los acontecimientos gracias a la labor de una importante red de espías que recorrían el sur de Aragón, se infiltraban en­tre las tropas francesas y trasladaban por escrito las informaciones que recogían a la Junta. Se trataba de un trabajo peligroso, puesto que en cualquier momento po­dían ser detenidos y fusilados, como ocurrió en alguna ocasión. Destacaron en es­te cometido Patricio Ambrós y Rafael Sánchez.

El segundo de los sitios se inició el 10 de diciembre de 1808, y de nuevo el ge­neral Palafox y la Junta Central Suprema y Gubernativa ordenaron el alistamiento de todas las personas hábiles para la defensa, ordenando fuertes castigos para los desobedientes, indisciplinados y desertores. En este segundo sitio las compañías de voluntarios de Albarracín no estuvieron en Zaragoza, sino que operaron bajo el mando del teniente coronel Ramón Gayán en el llamado Cordón de Samper, in­tentando hostigar a las tropas francesas que sitiaban la capital de Aragón. En una de estas acciones, que se conoce por el relato que hizo a la Junta su capitán José Asensio de Ocón, el Tercio quedó completamente desmantelado entre los días 24 y 26 de enero de 1809.

Cuando el capitán Navarro se dirigía desde Samper a Híjar, la columna españo­la fue atacada por los franceses, dividiéndola. Unos lograron llegar a Samper, mien­tras que el grueso del tercio se retiró a Alcañiz. Allí se les entregaron 200 fusiles in­gleses. El día 26 se avistó en Alcañiz una división francesa, y el tercio se dispuso, sin consultar a ninguna autoridad militar, en torno al puente de entrada a la ciudad. El coronel Elola, al mando de la guarnición, acudió a recordarles que eran tropas de reserva y que no debían estar en esa posición, pero no le hicieron el menor caso. Sin esperar órdenes avanzaron desde el puente hacia el enemigo, hasta que éste les atacó por la retaguardia y se vieron obligados a retirarse precipitadamente de nue­vo al puente, donde rápidamente se les agotaron las municiones. Al reclamar más no les entregaron cartuchos, sino balas y pólvora sin preparar, por lo que fueron in­eficaces durante el resto de la batalla.

Los franceses pudieron entrar en Alcañiz y tras un breve combate en el interior de la población con algunos paisanos, las tropas de Albarracín se retiraron, dejan­do indefensa la ciudad, que fue saqueada por los franceses. A las bajas en comba­te tuvieron que añadir los prisioneros, entre ellos el tambor de la compañía, que se­gún cuenta el capitán en su relato, dado su estado de continua embriaguez, tení­an que llevarlo de la mano para que tocase.

La lista de los supervivientes de esta acción, según los datos que Jaime Caruana sacó del archivo municipal de Albarracín fueron los siguientes:

PRIMERA COMPAÑÍA.

Capitán D. Juan Navarro, teniente D. Vicente Cases, sargento 2° D. José Puerto, sargento 2° D. Juan Muñoz, cabo 1° Juan Soriano, cabo 1° Pedro Semenez, cabo 1° Andrés Lázaro, cabo 2° ManueI Ibáñez, cabo 2° Juan Fran­cisco Alegre, Soldados: Miguel Martínez, Ramón Coperías, Juan Benito, Francisco Martínez, Pedro González, Alejandro Mateo, José Pérez, Isidoro Laredo, Matías Gómez, Juan José Sarries, Juan Carreras, José Alpuente, Vicente Do­mínguez, Pedro Martínez, Antonio Martínez, Joaquín Estremera, Manuel Es­tremera, José Pérez, Roque Lorente y Diego Estremera.

SEGUNDA COMPAÑÍA.

Capitán D. José Asensio, teniente D. José Somes, sargento D. Pascual Al­ba, sargento 2° D. Francisco Domingo, cabo 1° Juan Toribio, cabo 1° Anto­nio Samper, cabo 2º Julián Ruiz, cabo 2° Pablo Lorente, cabo 2° Miguel Mar­tínez, cabo 2° Gabriel Morón, soldados: Juan Antonio López, Millán Sánchez, Ramón García, Pascual Sánchez, Juan Laguía, Pedro Pérez, Manuel Martínez, Sebastián Riberas, Tomás Serrano, José Ibáñez, Simón Morón, Tomas Pérez y Antonio Lorente.

En total quedaron 27 hombres de la primera compañía y 21 de la segunda. Pe­ro más que las bajas enemigas, parece que fue la deserción lo que causó más pér­didas entre la tropa. Cuenta el capitán Asensio que “José Gómez, alias el Satico, em­pezó a levantar la voz en motín siendo él cabeza “Vámonos a casa”. Él tiene la cul­pa de la mayor parte de los desertores”. El resto de las tropas de Albarracín lucha­ron encuadradas en las unidades de voluntarios de Aragón en la batalla de los Pue­yos el 23 de mayo de 1809, en la que el general español Blake derrotó a las tropas del mariscal Suchet a las afueras de Alcañiz, logrando retrasar durante unas sema­nas su ofensiva hacia Levante.

El 21 de febrero de 1809 capitulaba la ciudad de Zaragoza y concluía el segun­do de los sitios. Se produjo un fuerte desconcierto en el bando español, al que con­tribuyeron los centenares de evacuados que habían podido salir de la capital. En un intento de mantener la resistencia ante el invasor, la Junta Central Suprema mandó el 10 de marzo que se crease una nueva junta de Aragón en Teruel, a donde debí­an acudir representantes de Albarracín, Teruel, Molina de Aragón, Calatayud, Daroca y Alcañiz. Mientras tanto, las tropas francesas comenzaban a desplazarse hacia el sur.

Para reorganizarse tras la pérdida de Zaragoza, el 6 de junio se reiteraron las ór­denes para que los mozos que habían abandonado sus unidades volvieran a sus destinos ya que “a noticia de esta Junta ha llegado la indiferencia detestable con­que algunas justicias, están viendo pasearse en sus pueblos algunos soldados o mo­zos alistados en las primeras requisiciones”. La Junta en este momento estaba pre­sidida por don Joaquín Tobía, y en ella estaban representados dos canónigos, el doctoral don Antonio Francisco de Bustillo, el penitenciario Gregorio Pascual, don José Zalón, don Pedro Navarro y el rector de las Escuelas Pías don Mariano Asensio; su secretario seguía siendo Fernández Rajo.

Al enviar los franceses tropas hacia Teruel, la Junta de Aragón optó por refugiar­se en la Sierra de Albarracín. Está documentada su estancia en Orihuela en no­viembre de 1809. Posteriormente, en junio de 1812 estuvo en Frías, y en Albarra­cín y en Orihuela entre septiembre y agosto de 1812.

LA GUERRA DE GUERRILLAS CON VILLACAMPA

A partir de este momento la guerra en la Sierra de Albarracín toma un protago­nismo inesperado debido a la incapacidad de las tropas regulares francesas, que do­minaban en campo abierto, para poder perseguir a las partidas del ejército español, que organizadas a modo de guerrillas, hostigaban la retaguardia francesa. Destaca­ron en estas acciones el brigadier Pedro de Villacampa, que había sobrevivido a los dos sitios de Zaragoza y que había huido tras la capitulación, y el teniente coronel Gayán.

El propio mariscal francés Suchet en sus memorias valoró la importancia de es­ta guerra irregular para desgastar a su ejército: “paisanos jornaleros, propietarios, padres y jefes de familia, y hasta clérigos y frailes abandonaban sin pena sus hoga­res y casas, y prontos a cualquier sacrificio, aún el más penoso, no conociendo los delicados hábitos del regalo, y exentos de toda preocupación en cuanto a exigir un cierto uniforme y un cierto armamento, formaban entre sí unos cuerpos irregulares; elegíanse sus jefes, seguían los caprichos de éstos en lo tocante al guerrear y ma­niobrar, atacaban siempre que el número y la ocasión les ofrecían tal cual ventaja; echaban a huir sin el menor rubor cuando se sentían menos fuertes que sus con­trarios, y aún desaparecían alguna que otra vez por un movimiento combinado de dispersión, en términos que se hacía como imposible el seguir o volver a encontrar su rastro”.

La primera noticia de la llegada de Villacampa a Albarracín es para hacerse car­go el 27 de agosto de 1809 de un importante cargamento de municiones: 230 ca­jones de cartuchos, 54 barriles de pólvora y balas y 42 barriles pequeños, que para evitar que fueran a caer en manos del enemigo, fueron escondidos en la mina del Collado de la Plata.

Villacampa estableció su base de operaciones en la Comunidad, creando inclu­so un centro de reclutamiento en Noguera y convirtiendo la herrería de Frías en una fábrica de armas. Su división estuvo formada por cuatro regimientos. Uno vetera­no, llamado de la Princesa, al que se unieron el Provincial de Soria y los de Cariñe­na y Molina, además de un escuadrón de caballería, los húsares de Daroca. En to­tal 1.200 soldados, muchos de ellos reclutados entre los mozos de los pueblos de la sierra, que fueron entrenados en Albarracín, Gea y Jabaloyas. Una de sus prime­ras operaciones se dio en Cella, cuando una columna francesa trató de apoderarse de la población. Villacampa reforzó las apresuradas defensas de los vecinos y consiguió rechazar a los franceses. Sin embargo, al retirarse al interior de la Sierra, las tro­pas imperiales regresaron con el deseo de saquear y pasar a cuchillo a sus habitan­tes para vengar la afrenta sufrida. Finalmente se conformaron con ahorcar en las afueras del pueblo a su alcalde, Jerónimo Sánchez de Motos.

El 25 de octubre de 1809 el general francés Henriot, al frente de 3.000 hombres intentó sorprender en Orihuela a Villacampa, que había establecido su base de ope­raciones en el Santuario del Tremedal. El general español consiguió retirarse a tiem­po en dirección a Bronchales, pero tuvo que abandonar gran parte de su equipo, municiones y provisiones. Los franceses, al no poderlo llevar consigo, decidieron quemarlo, lo que ocasionó la destrucción prácticamente completa del santuario. Para castigar a la población de Orihuela por su colaboración con Villacampa, ordenaron el saqueo y el incendio de gran parte de sus viviendas.5

Tras el saqueo de Orihuela, la junta de Albarracín se vio apremiada por las tro­pas del mariscal Suchet en su camino hacia Valencia. Los franceses ya habían con­quistado Teruel, y el general Laval envió una petición a Albarracín, amenazando con graves consecuencias si no eran satisfechas. Ante el importe de la demanda (tres mil raciones de pan, carne, vino y cebada) y la imposibilidad de ayuda por parte del ge­neral español Villacampa, la junta no tuvo más remedio que doblegarse a las exi­gencias francesas, que ocuparon simbólicamente la ciudad el día 26 de diciembre de 1809, saliendo con las provisiones exigidas al día siguiente, así como con todo lo que encontraron de valor en la fábrica de paños que existía en la ciudad. Para evitar las represalias francesas, pocas horas antes de la llegada de los franceses, se trasladaron a El Cuervo los pertrechos de guerra y almacén, el hospital militar y los prisioneros de la división española. La junta de Albarracín había negociado ante el mariscal francés Suchet que se respetarían las personas y sus bienes, y en esta oca­sión no hubo daños en la ciudad, no así en el arrabal, donde fueron saqueadas al­gunas casas.

Ante la retirada de los franceses, las tropas españolas, que continuaban en la sie­rra, volvieron a entrar en Albarracín el día 3 de enero de 1810. El coronel Teobaldo Rodríguez determinó que la junta que accedió a las peticiones de Suchet había trai­cionado a la patria y decidió sustituirla por las autoridades militares. Pero Villacam­pa se comportó de igual forma, exigiendo importantes vituallas para sus tropas con la excusa de que habían cedido sin lucha a los requerimientos de los franceses.

El 11 de febrero las tropas francesas recibieron un importante refuerzo que obli­gó a Villacampa a retirarse de Albarracín, y de nuevo la ciudad quedó indefensa an­te los invasores. Aunque el miembro de la junta Pedro Navarro expuso en un me­morial que la ciudad y su partido habían sido sometidas reiteradamente a las ex­torsiones de los ejércitos, tanto francés como español, y que en sus casas no que­daba nada de valor, el mariscal Suchet exigió una nueva lista de provisiones bajo la amenaza de saquear la ciudad.6

La petición francesa fue de “640 cahíces de trigo puro, 830 de trigo morcacho, 840 de cebada, 60 vacas o bueyes de peso de los de 20 arrobas, 1.500 carneros de peso de los de 16 carnicerías, 6.000 varas de paño de todos colores, 40 sábanas del­gadas y medio usadas, 15 jergones y mantas buenas, y además las contribuciones de los años 1808 y 1809”. Villacampa ordenó rechazar la petición y mandó que to­das las personas útiles del partido y con armas se presentaran en Albarracín para defenderla bajo pena de muerte. Los vecinos de Albarracín, con carabinas de caza, ar­cabuces y navajas, y confiando en que llegaran pronto refuerzos, se apostaron en el camino entre Teruel y Albarracín a la espera de las tropas francesas.

El día 16 de febrero el general Laval se puso al frente de un destacamento de dos mil soldados para tomar Albarracín por la fuerza. Tras pasar la noche en Gea, el día 18, a las once de la mañana ordenó la marcha en formación de guerra. En el paraje llamado de la Calera algunos de los escopeteros españoles, parapetados en los montes, iniciaron el fuego contra los franceses. Sin embargo, fueron rápida­mente desalojados. Muchos huyeron hacia los montes, mientras que otros lo hicie­ron hacia la ciudad, perseguidos por la caballería enemiga. El regimiento de Soria, de la división de Villacampa, apostado en el cerro de la Horca cubrió su retirada, pe­ro no impidió que la columna francesa se presentara ante la ciudad. Tomás Colla­do relata una de estas escaramuzas, en las que un lancero francés mató a un veci­no de Calomarde y al acometer a su compañero, conocido como tío Motos, ya bas­tante anciano, aguantando con serenidad la acometida, logró derribar de un cer­tero disparo al capitán de los lanceros.

Las tropas españolas, que habían desplegado sus fuerzas frente al arrabal, ini­ciaron el combate contra las francesas, pero no pudieron evitar que el enemigo atravesara la vega por el puente del Cerrado y por la era del Palmadero. Viéndose rodeadas, huyeron hacia la sierra en dirección a Torres, y entonces los franceses, ya sin ninguna oposición, iniciaron el saqueo de las viviendas y templos de la ciudad. Antes de abandonar Albarracín de madrugada, prendieron fuego a la ciudad, arrui­nando definitivamente los telares y las fábricas de paños en las que se basaba gran parte de su prosperidad.

Tomás Collado cita que uno de los miembros de la junta, don Juan Navarro, que poseía en ella una de las mejores casas, dijo al enterarse del incendio: ”¡Me alegro! Esta es la única cosa buena que hasta de ahora han hecho los franceses, obligán­donos a trasladar nuestro domicilio a paraje más cómodo y adecuado; levantare­mos de nuevo la ciudad en el arrabal”. Afortunadamente los vecinos que quedaron en Albarracín se aprestaron a combatir el incendio, y pudieron contenerlo antes que arrasara completamente la ciudad.

La junta, ante la huida de varios de sus miembros, intentó reconstituirse bus­cando la integración de la ciudad y la comunidad.7

“Pueblos del partido y Comunidad de la ciudad de Albarracín: Los únicos in­dividuos de la Junta y del Ayuntamiento de esta ciudad que han quedado en ella, no pueden ya prescindir de haceros un manifiesto de la infeliz situación y peligro grande a que han traído las vicisitudes de los tiempos de calamidad pa­ra que los Padres de República que os gobiernan y los buenos patricios que su institución y luces deben ayudarles, traten de acudir prontamente a salvaros en los posible y remediar por todos los medios los grandes males que os amenazan. [..] Tratemos de organizar un gobierno general del partido que pesando la ba­lanza de toda la prudencia de que es capaz al hombre la actual situación, dicte y ejecute recursos y medios correspondientes al mal grande que padecemos. […] para reunir los dos cuerpos a un punto, y tratar sin dilación de ocurrir a la urgen­cia gravísima de salvar el partido por los medios más prudentes.”

Mientras la junta de Albarracín trataba de reorganizarse, las fuerzas francesas, acantonadas en Teruel, siguieron hostigando a las tropas de Villacampa con incursiones constantes sobre la Sierra de Albarracín. Los españoles, mejor informados gracias a su red de espías, pudieron poner en jaque a los franceses, e incluso con­seguir importantes victorias. En definitiva, se trataba de una guerra de guerrillas, acosando a pequeñas partidas enemigas, que no dudaban en cometer todo tipo de venganzas contra los pueblos si constataban que colaboraban con el ejército espa­ñol; como el 19 de abril de 1810 cuando los franceses saquearon Rodenas. Aunque Villacampa nombró un nuevo corregidor el 23 de mayo para presidir la junta de gobierno, y sobre todo para favorecer que se le proporcionasen suministros, éste no tardó en informarle que los pueblos, esquilmados tanto por los invasores como por los militares españoles, ya no tenían más medios que proporcionar.

Por tercera vez los franceses, una vez que pudieron consolidar su posición en Te­ruel, decidieron internarse en la Sierra de Albarracín en busca de los soldados de Vi­llacampa. Al llegar la noticia a la ciudad huyeron los miembros de la recompuesta junta de defensa, y ante el desconcierto creado, se reunieron en la plaza los ciuda­danos que quedaban. Espontáneamente se alzó como dirigente el cardador Joaquín Martínez, que había desempeñado anteriormente varios cargos en el ayuntamien­to, y que fue elegido provisionalmente justicia de la ciudad. Sin tropas que hacer frente a la columna francesa, salió a recibirlos junto con los canónigos de la cate­dral al regajo de la Canaleja. El cronista Tomás Collado relata el encuentro. El jefe francés mandó parar a sus hombres, y sabedor que nadie le iba a comprender si ha­blaba en francés, dijo ante el asombro de todos en latín:

Venio nunc ad puniendos venatores.8

Sorprendidos, pero también asustados temiendo que las tropas se lanzasen de nuevo al saqueo, los albarracinenses no supieron qué decir, hasta que el tesorero de la catedral, D. Pedro Antonio Fernández, contestó:

Stulte egerunt cives obsistendo copiis potentissimi Imperatoris, sed fecerunt necesi­tate coacti: eis poenitet de facto et poseunt indulgentiam.9

El comandante francés, que comprendió la situación, fue condescendiente y respondió:

– Do veniam, dum modo in posterum pacifice se gerant, et nunc militibus meis prae­berant necesariam anonam.10

Sic domine promitunt11 –dijo el canónigo–. A lo que concluyó el francés:

– Eamus, et dicito eis, ne timeant, pacificus enim erit ingresus meus.12

Tras conseguir, como deseaban, los pertrechos y los alimentos para sus tropas, y sin causar saqueos y desórdenes, después de dos días abandonaron la ciudad, que volvió a ser ocupada por los españoles. Allí reagruparon sus fuerzas junto con las del Empecinado para poder hacer frente formalmente a los franceses en enero de 1811 en el pueblo de Checa. Al enfrentarse en campo abierto al enemigo se puso de ma­nifiesto la superioridad táctica francesa y antes que se produjese una derrota com­pleta Villacampa ordenó la retirada en medio de una intensa nevada hasta el pue­blo de Guadalaviar. La ofensiva francesa fue ahora sistemática. Destruyeron las he­rrerías reconvertidas en fábricas de fusiles, establecieron una guarnición permanen­te en Albarracín, que se instaló en el convento de las monjas dominicas, nombra­ron a un nuevo corregidor e impusieron una contribución forzosa a los pueblos. No por eso los vecinos se resignaron a la ocupación, obligando a los franceses a per­manecer al acecho constantemente, y a encerrarse por la noche en las tapias del convento para no verse sorprendidos en escaramuzas con los guerrilleros. También sufrieron sus represalias. Un paisano, José Buena, que había conseguido que varios extranjeros desertaran del ejército imperial y se pasaran al bando español, fue de­latado por uno de estos mercenarios y fusilado en Teruel.

En agosto el mariscal Suchet recibió la orden de avanzar hacia Valencia, y Villacampa centró sus acciones en hostigar los aprovisionamientos y la marcha de los franceses hacia Levante. Ocasionalmente, los pueblos de la Comunidad fueron ocu­pados por tropas francesas, pero sobre todo italianas al servicio del emperador, que custodiaban el eje de comunicaciones entre Zaragoza y Valencia. La división de Vi­llacampa, en la que estaban alistados la mayor parte de los jóvenes de Albarracín, marchó hacia Villel y desapareció momentáneamente del escenario de la Sierra. Pe­ro tras la caída de Valencia, el 12 de febrero de 1812 retornó a Albarracín, atacan­do a los destacamentos imperiales de los generales Palombini y Pannetir.

Gracias a las noticias que proporcionaban a Villacampa la red de espías de la jun­ta, en marzo de 1812 consiguió capturar un destacamento de 250 franceses en El Campillo, y en Pozondón cayó en su poder un regimiento italiano que combatía junto a los franceses. Aprovechando el momento de la comida, las tropas españo­las ocuparon las afueras del pueblo, y a una señal convenida atacaron simultánea­mente por cuatro lados. Cogidos por sorpresa, muchos italianos se rindieron inme­diatamente. Unos pocos, que pudieron coger sus armas y se refugiaron en la igle­sia, que habían fortificado, fueron desarmados por los propios vecinos que en ese momento se encontraban en misa. Fueron capturados un total de 27 oficiales del 2º regimiento ligero italiano, 30 músicos y 600 soldados, que fueron evacuados jun­to al resto de los prisioneros hacia Murcia.

Los éxitos de Villacampa fueron tales que incluso el 25 de junio de 1812 las tro­pas españolas, encabezadas por el coronel Latre, intentaron tomar durante la noche por sorpresa la ciudad de Teruel. Aunque fueron rechazados, consiguieron al­gunos prisioneros, como un afrancesado llamado Francisco Camporredondo, que había sido nombrado por el enemigo corregidor de Albarracín y que fue fusilado por traidor.

En agosto de 1812 los efectivos españoles ascendían a 4.000 soldados de a pie y 200 de caballería, una fuerza muy superior a los destacamentos franceses acan­tonados en Teruel y Daroca, ya que la división francesa que lo hostigaba, dirigida por el general Palombini recibió la orden de desplazarse hacia Navarra. Además, a las tropas regulares se iban agregando distintas partidas de guerrilleros, como las del llamado Pendencias. En Cella, ante la incapacidad de los franceses para presen­tarles batalla y formada la división, se efectuó el 26 de julio el juramento solemne a la nueva constitución aprobada en Cádiz. Entre el 6 y el 9 de agosto, y con la pre­sencia de las dignidades de la catedral, lo hicieron en Albarracín los miembros de la Junta Superior de Aragón.

La victoria de Wellington en los Arapiles (Salamanca) obligó a José I a abando­nar Madrid y retirarse hacia Valencia en septiembre de 1812, lo que propició la ofensiva tanto de Villacampa como de la división del Empecinado para cortar las co­municaciones de Valencia con Zaragoza y Teruel. El frente se desplazó así hacia el Jiloca y Daroca. Albarracín quedó libre de la presencia francesa; a comienzos de marzo de 1813 las tropas napoleónicas evacuaron Teruel, y finalmente cuando en julio dejaron Zaragoza y Valencia la guerra en Aragón quedó decantada hacia las armas españolas.

CONCLUSIÓN

La destrucción y la ruina en la que quedaron muchos pueblos fue tan importante que marcó la decadencia de la sierra en el siglo XIX. En 1812, los oficiales de la Co­munidad informaban a las autoridades el impago generalizado de los censos y con­tribuciones tanto por los pueblos como por los particulares, las irreparables pérdi­das producidas en los montes universales a partir de roturaciones abusivas ampara­das en las pragmáticas reales de finales del siglo XVIII, la tala indiscriminada de montes para abastecer a la herrería, que tras la guerra estaba completamente arrui­nada y desmantelada, y por consiguiente la disminución de los terrenos dedicados a pastos, que eran la principal riqueza de los habitantes de la sierra. Si a esto uni­mos el descenso en picado del precio del arrendamiento de las dehesas, se explica que la Comunidad fue incapaz de hacer frente a los 23.484 reales anuales que es­taban cargados en intereses de préstamos sobre sus rentas. Desaparecieron los ga­nados, las cosechas, se destruyeron las herrerías y las fábricas textiles, y tanto las tro­pas francesas como españolas vivieron del pillaje y del saqueo. Como escribió con amargura el alcalde de Orihuela al presidente de la Junta Pedro Navarro tras el pa­so de una columna española. Al llevarse “la carne, vino, pan y cebada, ¡nos han dejado en cueros!”.

Otro cambio trascendental que se produjo en la Comunidad de Albarracín fue la alteración de su sistema de gobierno. Según un informe de 1812, la nueva junta de defensa del partido estaba formada por los cuatro regidores de los pueblos de la Comunidad, dos representantes de cada sesma de los clérigos y frailes, los regi­dores de la ciudad y varias personas que a título particular fueron consideradas necesarias. Con independencia del número de miembros que componían esta jun­ta, hay dos hechos que merecen destacarse. Por un lado la importancia de las oligarquías, en concreto el peso decisivo que parece tener la familia Navarro, uno de cuyos miembros, Pedro Navarro, fue su presidente, corregidor y posteriormente al­calde de Albarracín14. Por otro la pretensión por parte de la ciudad de integrarse en la Comunidad de Albarracín, volviendo a recuperar el control de las Sierras Univer­sales que había perdido por la separación jurisdiccional decretada por Carlos II en 168915.

IMÁGENES

NOTAS

1. Archivo de la Comunidad de Albarracín (A.C.A.), Sección III, núm.180.

2. Tomás COLLADO, Armonía de la historia general de la nación y la particular de Albarracín, [S. XIX], manuscrita; Jaime CARUANA, La Sierra de Albarracín en la guerra de la Independencia, Revista Teruel, núm. 21, 1959 pp. 93-134; Domingo GASCÓN, Teruel en la guerra de la Independencia, Madrid, 1908.

3. Domingo GASCÓN, Teruel en la Guerra…, pp. 230 y ss.

4. Jaime CARUANA, “La Sierra de Albarracín…, pp. 104-105.

5. Este acontecimiento este descrito con detalle en el trabajo de Juan Manuel Berges en este número extraordinario de la revista Rehalda.

6. Jaime CARUANA, “La sierra de Albarracín…, pp. 97-120.

7. A.C.A. Sección X, núm. 71. El documento es del 2 de marzo de 1810.

8. Vengo a castigar a los forajidos.

9. Los ciudadanos nada pueden hacer para oponerse ante el inmenso poder del emperador. No necesitáis la fuerza, están arrepentidos, nadie impedirá vuestras acciones y os suplican que seáis indulgentes.

10. Si es cierto que aceptáis de forma pacífica nuestra presencia, en este caso mis soldados se conformarán con que les proveáis de los alimentos y el alojamiento necesarios..

11. Sea como habéis prometido, señor.

12. No temáis, pues si es así, se comportarán durante su presencia de forma pacífica.

13. A.C.A., Sección III, núm. 189, f. 3v.

14. Según Domingo Gascón, Pedro Navarro pertenecía al estamento nobiliario y era en 1808 jefe de una de las familias más distinguidas de Albarracín, regidor perpetuo del ayuntamiento y, como tal, miembro nato de la junta. opus cit. pp. 336-337.

15. La evolución de la Comunidad en este periodo está analizada en José Luis CASTÁN ESTEBAN y Pedro NAVARRO MARTÍNEZ, “La Comunidad de Albarracín durante la revolución liberal”, en José Manuel Latorre Ciria (coordinador) Los fueros de Teruel y Albarracín, Instituto de Estudios Turolenses, Teruel, 2000, pp. 241-244.

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Autor: Manuel Matas

Miembro de la Junta Directiva de CECAL

Un pensamiento en “La Comunidad de Albarracín en la Guerra de la Independencia

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